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Monólogos cómicos en el teatro se han venido haciendo de toda la vida. Desde los juglares medievales que trabajaban en plena calle a las loas del Siglo de Oro, los monólogos habían tenido siempre la misma función: presentar el espectáculo oficial y calentar a los espectadores para que respondieran cuando llegara el plato fuerte.
La clave del monólogo estaba en ser rápido e inmediato. Los textos debían ser ágiles, comprensibles por cualquiera, de temática costumbrista (preferiblemente sexual) y, lo más importante, tenían que estar al servicio de lo que fuera que viniese a continuación. Los monólogos no se escribían para ser recordados ni se esperaba de ellos ningún valor artístico. Si a los productores teatrales de la época se les hubiera ocurrido una manera más eficaz de sentar a los espectadores que llegan tarde sin renunciar a cobrarles la entrada o interrumpir la obra principal,probablemente el género no hubiera nacido nunca.
El monólogo cómico, como género considerado menor, creció en los circuitos alternativos a medida que el teatro ganaba en importancia. Poco a poco empezaron a utilizarse en espectáculos de variedades, vodevil y ferias ambulantes, y ahí pareció que se perdía la última oportunidad de que pudiera llegar a ser considerado algún día valioso por sí mismo.
Desde los años 60, los programas nocturnos de la televisión americana empezaron a nutrirse de cómicos para llenar los espacios entre las entrevistas y los números musicales. El éxito de los monólogos llevó a que los actores fueran cada vez más conocidos y valorados, además de a la creación de un circuito específico para el género en bares, teatros y casinos. De estos programas salieron algunos de los cómicos americanos clave del siglo XX, como Lenny Bruce y Woody Allen.
A día de hoy, y gracias sobre todo al éxito de Saturday Night Live, los monólogos son un género de éxito aunque aún no hayan tenido el reconocimiento cultural que se merecen. La fórmula stand-up, costumbrista pero con un punto surreal y que exige del actor un control meridiano del ritmo y el gesto, tampoco ha acabado de ser entendida en España, con experimentos como Buenafuente que están más cerca del aburrimiento con chistes que de la verdadera comedia.
Lo que tampoco quiere decir que no se esté haciendo nada.
Con la llegada de la televisión, la industria del cine tuvo que buscarse la vida para ofrecer a los espectadores una razón suficiente para salir a la calle a ver lo que podían ver ya gratis en la comodidad de sus casas. Los años 50 son una década demencial rica en productos de serie B rebosantes de clase y maneras (Yo fui un hombre lobo adolescente, La invasión de los ladrones de cuerpos, El hombre con rayos X en los ojos... ¿pero qué demonios le ha pasado a la industria del cine los últimos cincuenta años? ¿en qué momento se salió del buen camino?) así como de ingeniosos gimnicks que intentaban hacer de la experiencia de ir al cine una actividad mucho más interactiva y completa. Gafas de 3D, pantallas panorámicas, regalar seguros de vida universales por si los espectadores de los autocines no conseguían sobrevivir al susto de la segunda bobina, dejar caer sobre el público esqueletos de goma en los momentos clave, odoramas... y "percepto".
William Castle fue un director y showman que anticipó a Roger Corman al producir películas de terror de bajísimo presupuesto, rodadas en fines de semana y con trucos chuscos para implicar al espectador durante la proyección. Con su retórica a lo P.T. Barnum y cierto espíritu de maestro de pista de feria ambulante, Castle afrontaba los rodajes como una parte secundaria de la experiencia global de IR AL CINE, donde lo gordo de verdad sucedería en el patio de butacas, con actores disfrazados que interrumpían la proyección para anunciar ataques rusos, invasiones extraterrestres o catástrofes nucleares de setenta pies. Todo lo que se viera en pantalla iba al servicio de lo que pasara entre los asientos, y no al revés.
Lo cuenta David J. Skal en el algo mediocre pero con momentos Monster Show: una historia cultural del horror, que acaba de sacar Valdemar:
The tingler estaba construido en torno a otro sensacional truco de Castle, el "percepto". El tingler es una criatura imaginaria similar a un ciempiés que puede fundirse con la espina dorsal del ser humano en momentos de miedo abrumador. Sólo un grito puede disiparlo.
Un hilo argumental algo confuso, con una mujer sordomuda que evidentemente no puede gritar, permite que un tingler se separe de su cadáver y corra hacia el público. En el momento culminante, la propia película parece saltar del proyector y romperse mientras la sombra del tingler aparece proyectada en la pantalla como si el monstruo pasase por delante del foco. La voz de Vincent Price anima al público a gritar por su vida, en ese momento el cine queda completamente a oscuras y se pone en marcha el percepto.
Percepto no es otra cosa que una serie de vibradores eléctricos unidos a la parte inferior de las butacas que "cosquillearían" a los desprevenidos espectadores. [...] Los trucos de las películas de horror otorgaron al público un necesario sentimiento de contacto, relación y reconocimiento. La sensación dominante era la piel de gallina, pero al menos era una sensación.
Estrenada en los teatros off-Broadway durante el 2003, Avenue Q es una de las propuestas más arriesgadas y vanguardistas del teatro americano moderno.
Protagonizada principalmente por marionetas, Avenue Q cuenta la historia de un grupo de muñecos treintañeros que vive en el mismo bloque de un barrio suburbial. Kate Monster es una profesora suplente que sueña con abrir su propia guardería para monstruos y encontrar el amor verdadero, Nicky y Rod viven juntos desde hace años en una relación cada vez más tirante y llena de sobreentendidos mientras que Trekkie, hermano mayor del Monstruo de las Galletas, es un encantador monstruo con una terrible adicción al porno on-line
La obra es un homenaje claro a Barrio Sésamo (personajes paralelos, números musicales similares, la misma estructura en los sketches) que se permite hablar de temas como los problemas de los emigrantes, la homosexualidad y la pobreza sin que el comentario político le haga renunciar al humor grueso. Pero grueso, grueso
Pese a su vocación de obra alternativa y pequeña, Avenue Q arrasó en los premios Tony de aquel año, consiguiendo los correspondientes a Mejor Musical y Mejor Libreto. Desde entonces su éxito no ha hecho más que crecer, llegando a participar los personajes en programas de televisión en horario de máxima audiencia e incluso a representar un debate presidencial paralelo en mitad de Times Square durante las elecciones del 2004
Pensado originalmente como un proyecto teatral de bajo presupuesto, Richard O´Brien consiguió de alguna manera engañar a los ejecutivos de Fox para que produjeran una versión cinematrográfica de RHPS.
Con un presupuesto ínfimo (atención a los primeros planos, a los sucios trucos de colocar la cámara angulada, a los escenarios vacíos y al atrezzo casposo), actores sin experiencia y unos efectos especiales hechos a partir de celuloide caducado, la película venía a desarrollar de manera bastante fiel el argumento original.
Que venía a ser esto:
Brad Majors y Janet Weiss son dos jóvenes conservadores, novios de toda la vida, que acaban de decidirse a atar el lazo de una vez por todas.
De regreso a su casa después de la boda de unos amigos, su coche se avería y deciden acercarse a pedir ayuda al tenebroso castillo que ven a lo lejos. Pero hete aquí que ese castillo es el hogar del Dr. Frank-N-Further, un científico loco alienígena y travesti que en su búsqueda del secreto de la existencia ha decidido construir al Hombre Perfecto: Rocky. Con ayuda de sus criados Riff-Raff y Magenta, secuestra moteros para extirparles el cerebro y utilizarlos para sus sacrílegos planes.
Lo que viene a partir de aquí entra en el terreno del spoiler más absoluto y eso no gusta nada ni en esta página ni en el aula. Dejémoslo en investigaciones criminales, una invasión alienígena, zombies redivivos, mucho enredo en la línea "escóndete en el armario mientras guardo el rayo mortal y que no te vea mi marido mientras" y un final devastador de lo más inesperado. Con canción melódica entre medias.
Qué demonios, aquí va otro de los números musicales. Si las palabras motero zombie que quiere recuperar su cerebro no os electrizan es que estáis todos muertos:
Como os habréis imaginado, con semejante trama, unos medios de derribo y la ambigüedad sexual como tema de fondo la película fue un fracaso cantado y atronador. Durante unos meses.
Al año siguiente de su estreno, unos exhibidores de New York pasaron la película en sesiones de madrugada. La gente empezó a acudir al cine, y lo que es más importante, volvía. Con sus amigos.
Poco a poco la noticia de que había una peli loca en los cines de sesión golfa que HABÍA QUE VER se extendió por la ciudad y la gente empezó a ir a los pases disfrazada de los personajes. Y luego, una noche, saltaron a la platea a bailar los números musicales, a recitar los diálogos...
En un mundo con Youtube, cosplay y estrenos con frikis vestidos con pijamas de Chewbacca cuesta entender el bombazo del RHPS, que sigue exhibiéndose ininterrumpidamente desde 1976 y donde están las claves de muchos de los fenómenos que he mencionado antes. Sin ánimo de profundizar, digamos que los fans han hecho de participar en la película una liturgia, y así:
* Hay que reventar un globo cuando los lábios de los créditos digan: "but when worlds collide"
* Tirar arroz cuando los novios salgan de la iglesia
* Cuando Brad y Janet salen del coche bajo la tormenta hay que cubrirse la cabeza con un periódico y disparar pistolas de agua a los otros espectadores
* Cuando Brad y Janet cantan "There´s a light" hay que encender linternas y apuntar a la gente.
* Cuando Frank explica su plan hay que soplar matasuegras y agitar carracas.
* Cuando Frank presenta a Rocky hay que ponerse guantes de goma y estrujarlos.
* Cuando Rocky y Frank van a la suite nupcial hay que tirar confetti.
* Cuando Brad grita "¡Gran Scott!!" hay que lanzar rollos de papel higiénico por todo el cine.
* Cuando los personajes cantan a Rocky "cumpleaños feliz" hay que ponerse gorro de fiesta. Y cantar, claro
* Cuando Frank canta "Did you hear a ring?" hay que tocar una campana.
* Hay que lanzar cartas al aire cuando Frank canta "I´m going home"
Y sobe todo hay que escuchar esta cancionzaca de los títulos de crédito. Una obra de amor a la ciencia ficción y a la serie B que pone los pelos de punta y que hace que a uno le entre la risa cuando oye que una cosa tan para madres como Los Simpson es una serie de culto. Sí, ya.