PARATEATRO (4): LOS MONÓLOGOS CÓMICOS
Monólogos cómicos en el teatro se han venido haciendo de toda la vida. Desde los juglares medievales que trabajaban en plena calle a las loas del Siglo de Oro, los monólogos habían tenido siempre la misma función: presentar el espectáculo oficial y calentar a los espectadores para que respondieran cuando llegara el plato fuerte.
La clave del monólogo estaba en ser rápido e inmediato. Los textos debían ser ágiles, comprensibles por cualquiera, de temática costumbrista (preferiblemente sexual) y, lo más importante, tenían que estar al servicio de lo que fuera que viniese a continuación. Los monólogos no se escribían para ser recordados ni se esperaba de ellos ningún valor artístico. Si a los productores teatrales de la época se les hubiera ocurrido una manera más eficaz de sentar a los espectadores que llegan tarde sin renunciar a cobrarles la entrada o interrumpir la obra principal,probablemente el género no hubiera nacido nunca.
El monólogo cómico, como género considerado menor, creció en los circuitos alternativos a medida que el teatro ganaba en importancia. Poco a poco empezaron a utilizarse en espectáculos de variedades, vodevil y ferias ambulantes, y ahí pareció que se perdía la última oportunidad de que pudiera llegar a ser considerado algún día valioso por sí mismo.
Desde los años 60, los programas nocturnos de la televisión americana empezaron a nutrirse de cómicos para llenar los espacios entre las entrevistas y los números musicales. El éxito de los monólogos llevó a que los actores fueran cada vez más conocidos y valorados, además de a la creación de un circuito específico para el género en bares, teatros y casinos. De estos programas salieron algunos de los cómicos americanos clave del siglo XX, como Lenny Bruce y Woody Allen.
A día de hoy, y gracias sobre todo al éxito de Saturday Night Live, los monólogos son un género de éxito aunque aún no hayan tenido el reconocimiento cultural que se merecen. La fórmula stand-up, costumbrista pero con un punto surreal y que exige del actor un control meridiano del ritmo y el gesto, tampoco ha acabado de ser entendida en España, con experimentos como Buenafuente que están más cerca del aburrimiento con chistes que de la verdadera comedia.
Lo que tampoco quiere decir que no se esté haciendo nada.